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Santa Rafqa

Santa Rafka el Rayes (Rafqa o Rebeca)

(1832-1914)

Rebeca El Rayes, monja de la Orden Libanesa Maronita, nació en 1832 en Himlaya, Líbano. El Lirio de Líbano, como se ha llamado a esta admirable mujer, alcanzó el grado de beatitud el 17 de noviembre de 1985, dado por El Papa Juan Pablo II, con la siguientes palabras:

"Después de escuchar el parecer de La Congregación para las causas de los Santos y con nuestra autoridad Apostólica, establecemos que La Venerable Sierva de Dios, Rafqa El Rayes, de ahora en adelante sea llamada BEATA y que su fiesta pueda celebrarse en su lugar de origen el día de su transito al cielo, es decir, el 23 de marzo de cada año, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". 

Miles de fieles de la Comunidad Maronita de Líbano y de La Comunidad Maronita Mundial acompañaron a la Beata Rebeca con motivo de su beatificación.

Su vida es brillante ejemplo de fe inquebrantable y devoción a Dios en medio del sufrimiento. 

Poco se sabe de la infancia de Rebeca; sólo que llegada su adolescencia, su familia se propuso casarla y ello provocó amargos altercados entre su madrastra y una de sus tías, Rebeca no pudo soportar esto y decidió huir y hacerse monja en El Convento de Nuestra Señora de la Liberación en Bikfaya, que pertenecía a las religiosas Mariamettes. Su familia la siguió para convencerla de regresar, sin embargo, otra religiosa les informó que la decisión de Rebeca era irrevocable. En este momento ella hizo el propósito de servir a Dios todos los días de su vida, aún en medio del sufrimiento. 

Tiempo después la comunidad de las religiosas Mariamettes desapareció por conflictos políticos  y Sor Anissa, que tal era su nombre religioso, accedió al monasterio de La Orden Libanesa Maronita nuevamente como Rebeca, donde vivió hasta el final de sus días. 

Rebeca fue conocida por su heroísmo, coraje y firmeza. Como religiosa fue ejemplo de su Regla, actuando siempre con dulzura y recogimiento. Cuando todavía gozaba de buena salud un día en oración le reprochó a Dios el por qué la tenía abandonada y no la visitaba con alguna enfermedad,  dándole así la oportunidad de acompañar a Jesús en su pasión. Dios escuchó su petición y la enfermedad hizo presa de ella, primero con la ceguera y después con la parálisis progresiva. 

Tuvo que resistir agudísimos dolores, como cuando le hicieron una intervención quirúrgica para remover su ojo derecho, sin anestesia, a esto siguió tal sensibilidad a su vista, que sólo podía estar en un cuarto oscuro para aminorar en algo el dolor. Después sufrió terrible artritis crónica, que eventualmente la desfiguró por completo. En medio del sufrimiento Rebeca jamás se quejó, ni molestó a nadie, únicamente se le oía decir: Para la Gloria de Dios, en comunión con la pasión de Cristo. 

Antes de su muerte, el cuerpo de Rebeca se había convertido en un montón de huesos cubiertos de fina piel, incluso las religiosas que la atendían, temían moverla por miedo a que se dislocaran todos sus huesos. 

Su enfermedad se fue agravando y finalmente murió el 23 de marzo de 1914. Con su último aliento todavía repitió la oración: Jesús y María os doy el corazón y el alma mía. 

La beata Rebeca se propuso durante toda su vida ir más allá del simple servicio de Dios. La meditación sobre la vida de esta insigne mujer debe mover a todo cristiano a aceptar las dificultades y sufrimientos con mayor resignación, a aceptar la voluntad de Dios y a dar al sufrimiento un valor auténticamente cristiano con el fin de que: " en el terrible combate entre las fuerzas del bien y del mal, cuyo espectáculo se ofrece en nuestro mundo contemporáneo, venza el sufrimiento en unión con la cruz de Cristo." (Salvifici doloris n.31) 

El ejemplo que ha legado a la humanidad  Santa Rebeca, es tal, que la comunidad maronita mundial  agradece a Dios por su infinito amor y generosidad, S.S. el Papa Juan Pablo II otorgo su beneplácito a la causa de la Beata Rafqa (Rebeca) quien fue canonizada el 10 de junio del 2001. 

 
Oración a Santa Rafqa

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